
La publicidad, en sí misma, no es particularmente molesta. Hay anuncios divertidos, otros que son bonitos o que te entretienen o que te propician sugestivas ensoñaciones. Los hay también deliberadamente estúpidos que, sin embargo, tal vez consiguen el propósito de engatusar tanto a los televidentes pasivos como a los activos, a los pasivo-agresivos, a los maniaco-depresivos, a los obsesivo-compulsivos y a algunos de los demás, los que son minoría.

